viernes, 22 de junio de 2012
jueves, 22 de marzo de 2012
EXCELENTE APLICACIÓN
lunes, 31 de octubre de 2011
jueves, 27 de octubre de 2011
viernes, 7 de octubre de 2011
Steve Jobs no era Dios
Steve Jobs no era Dios
El culto desmesurado y enajenado a Steve Jobs nos permite hacer una reflexión sobre la religión de la tecnología, los valores de la sociedad y lo que significó este genio empresario e innovador sacerdote del consumismo.
Cualquier persona que haya estado navegando por Internet y especialmente por redes sociales como Twitter y Facebook se habrá dado cuenta de que gran parte del contenido en el último día giró en torno a Steve Jobs (en una monomanía pocas veces vista), un hombre ciertamente genial en lo que hacía pero que sobre todo gracias a la revolución geek, la sociedad de consumo y la hiperpenetración de los gadgets en nuestras vidas, fue elevado al panteón de los santos.
En esa navegación diaria, copada por la idolatría de Jobs —acaso aumentada porque estamos usando sus aparatos y las máquinas hacen sentir su influencia sobre nuestra psique— nos encontramos con un interesante artículo en el blog neoyorkino Gawker, que de manera lúcida analiza esta fiebre jobsiana con tintes fanáticos.
Hamilton Nolan de Gawker escribe: «Steve Jobs ha muerto. Un genio de la tecnología ha fallecido. Triste. Ciertamente una terrible pérdida para los amigos y la familia de Steve Jobs y los ejecutivos y accionistas de Apple. ¿Y el resto de ustedes? Cálmense un poco».
Hoy cientos (tal vez miles) de personas en diferentes partes del mundo acudieron a las tiendas Apple con pancartas, flores, velas y demás parafernalia de luto para rendirle tributo al dios de la religión de la tecnología (sacerdote del consumismo). Al mismo tiempo muchas personas compartieron estados en Facebook diciendo que estaban llorando o que se sentían devastadas por la muerte de Jobs. Este tipo de (seudo)empatía no tiene nada de malo, pero muchas de las personas que hacen tan patente su agonía compartida probablemente no se lamentarían tanto ni mostrarían la misma “empatía” si muriera su vecina, un amigo más o menos cercano o, por qué no, alguien que en realidad haya luchado por el bien del planeta de manera completamente altruista, acaso como el reverendo Fred Shuttlesworth, quien también falleció ayer.
No hay duda de que Steve Jobs era muy bueno en lo que hacía —después de todo siempre nos caerá mejor que Bill Gates (a quien Jobs alguna vez recomendó tomar un poco de LSD para abrir un poco su mente). Jobs hizo buenas computadoras, buenos teléfonos, buenos gadgets en general (sobre todo con un gran diseño), y los vendió bien. Se hizo inmensamente rico haciéndolo. ¿Hizo mejor nuestro mundo? Ciertamente lo volvió más cómodo, creó una interfaz más agradable, pero no se le puede comparar con personas olvidadas que verdaderamente inventaron o descubrieron algo, como Nikola Tesla (ridículamente había quienes compararon a Jobs con Newton, por aquello de la mítica manzana). Permitió que millones de tecno fetichistas se movieran contentos de tener los mejores y más presumibles gadgets —algunos de ellos habrán utilizado esta tecnología como una muy útil herramienta, pero las Macs no crean obras de arte, no descifran los secretos del universo ni salvan vidas por sí mismas.
Hamilton Nolan puede ser chocante (o hereje) cuando nos dice: «Si te gustan los productos Apple, bien. Son productos. No tienen almas. No son héroes y tampoco lo es su creador, no obstante qué tan hábil haya sido. Lamentemos la muerte de Steve Jobs como lamentamos la muerte de cualquier otro hombre —de manera callada, modesta y privada. Aquellos de ustedes que al recordarlo han tomado un tono religioso: busquen ayuda».
Justamente esto nos hace recordar un artículo publicado aquí hace unos meses que expone los resultados de un estudio científico que muestran que los productos de Apple activan las mismas zonas del cerebro que la religión y que las personas acuden a las tiendas por los últimos productos como si se acercaran a templos de culto.
Steve Jobs fue muy bueno, incluso genial en lo que hacía, pero lo principal que hizo fue crear una corporación muy exitosa. En realidad gran parte del culto y la admiración a Steve Jobs se enfoca a su éxito económico, es el culto al “exitismo”, lo cual denota cierto complejo de inferioridad y de que al medir las virtudes la riqueza es uno de los coeficientes prioritarios en nuestra sociedad. Jobs dejó a Apple como la empresa de tecnología más rica del mundo, con más dinero que la Tesorería de Estados Unidos. Pero para lograr esto Apple tuvo que propagar una idea de consumo radical, haciendo que millones de personas desecharan a la menor provocación sus productos —en detrimento de la ecología— y se abalanzaran perennemente sobre el siguiente iPod, iPhone o iPad. Para ser tan buen negocio había que hacer que los productos —esos aparatos que todo el mundo religiosamente quiere (un adolescente en China vendió un riñon para comprarse un iPad)— sean fabricados con una mano de obra barata, como es el caso de los trabajadores de la plantas en China que arman iPads y iPhones, los cuales, debido a sus deplorables condiciones laborales, han sido obligados a firmar cartas comprometiéndose a no suicidarse.
La posición más sensata probablemente en cuanto a la tecnología es decir que esta no es buena ni mala, depende de cómo se usa o de la intención que se le infunda. No hay duda que la tecnología de Steve Jobs puede usarse para hacer muchas cosas loables para el hombre y el planeta: arte, educación, comunicación, etc. (tampoco creemos en el mesianismo enunciado por Negroponte de que una laptop para todo el mundo es un bien universal que salvará a nuestra civilización, ni mucho menos). Las computadoras de Apple que tanto pueden facilitar las cosas para hacer música o procesar imágenes, tan fácil pueden alienar a las personas de su realidad presente y separarlas de la naturaleza y de sus amigos del “mundo real”. No es esto un juicio de valor. Pero recordemos también que el santo de la tecnología, ese Big Brother de la (fancy, easy, expensive) tech, o al menos la compañía que representa patentó tecnología para espiar a sus usuarios y para evitar que grabaran conciertos con sus iPhones, censuró a WikiLeaks e implementó un archivo oculto en el iPhone para monitorear y registrar todos los movimientos de sus usuarios.
Tal vez los amantes de Steve Jobs nos estarán odiando ahora, pero nuestra intención no es soplarle tierra al muerto. Solo buscamos inclinar la balanza y enseñar el otro lado de las cosas que pasa desapercibido ante el estupor mediatizado, llamando a la mesura y entendiendo que toda idolatría, todo dogma, es enajenante y, por lo tanto, algo que cualquier persona que busca ser sí misma y evolucionar haría bien en evitar.
Para limar posibles asperezas y porque tal vez este artículo es simplemente la respuesta al hartazgo del homenaje chapucero a Jobs que pulula en el social media, los dejamos con una frase que encontramos —también en esa orgía geek— del mismo Jobs, en la cual parece evocar al brujo que le enseñó a Castaneda:
“La muerte es seguramente la mejor invención de la vida. Es el agente de cambio de la vida”, dijo Jobs (Don Juan Matus había dicho “la muerte es tu aliado”).
miércoles, 5 de octubre de 2011
martes, 6 de septiembre de 2011
Gates vs. Jobs (En Español)
domingo, 4 de septiembre de 2011
Discurso de Steve jobs en Stanford (subtitulado)
jueves, 1 de septiembre de 2011
Steve Jobs
Un domingo por la mañana, el 6 de enero del 2008, estaba asistiendo a unos oficios religiosos cuando mi teléfono móvil vibró. Tan discretamente como me fue posible, comprobé el teléfono y observé que ponía 'llamada desconocida'. Decidí ignorarla.
Después de los oficios, mientras caminaba hacia mi coche con mi familia, comprobé los mensajes del móvil. El mensaje que tenía era de Steve Jobs. "¿Vic, puedes llamarme a casa? Tengo algo urgente que comentarte" decía.
Antes incluso de llegar a mi coche, llamé a Steve Jobs. Yo era el responsable de todas las aplicaciones móviles en Google, y en ese papel, tenía un trato habitual con Steve. Era una de las ventajas del trabajo.
"Hola Steve, soy Vic", dije. "Siento no haber contestado a tu llamada antes. Estaba en unos oficios religiosos y el identificador de la llamada decía desconocido, así que no la cogí".
Steve se rió. Dijo "Vic, a no ser que el identificador dijera 'DIOS', no deberías atender nunca [una llamada] durante los oficios".
Reí nerviosamente. Después de todo, aunque era habitual que Steve llamara durante la semana preocupado por algo, era poco común para él llamarme un domingo y decirme que le llamara a su casa. Me preguntaba qué era tan importante.
"Pues Vic, tenemos un tema urgente, uno que necesito que abordes de inmediato. Ya he asignado a alguien de mi equipo para ayudarte y espero que pueda solucionarlo mañana" dijo Steve.
"He estado mirando el logo de Google en el iPhone y no estoy contento con el icono. La segunda 'O' de Google no tiene el gradiente amarillo adecuado. Está simplemente mal y voy a hacer que Greg lo arregle mañana. ¿Te parece bien?"
Por supuesto me parecía bien. Unos minutos más tarde de ese domingo recibí un correo electrónico de Steve con el título 'Icon Ambulance'. El mail me indicaba que trabajara con Greg Christie para arreglar el icono.
Desde que tenía 11 años y me enamoré de mi Apple II, tengo docenas de historias que explicar acerca de los productos de Apple. Han sido parte de mi vida durante décadas. Incluso cuando trabajé durante 15 años para Bill Gates en Microsoft, tuve una gran admiración por Steve y por lo que Apple había producido.
Pero al final, cuando pienso en liderazgo, pasión y atención al detalle, rememoro la llamada que recibí de Steve Jobs un domingo por la mañana de enero. Fue una lección que nunca olvidaré. Los CEO deberían preocuparse de los detalles. Incluso de las sombras del [color] amarillo. En un domingo.
Para uno de los más grandes líderes que he conocido, mis plegarias y ánimos están contigo Steve.
-Vic.
Vía abadiadigital